SHINZABURO TAKEDA: UNA VIDA HECHA DE ARTE, MEMORIA Y NUEVAS AVENTURAS

Por Jossy Díaz / 14 de agosto 2026

A sus 91 años, el maestro de la gráfica sigue mirando el mundo con la curiosidad de quien sabe que cada día puede traer una nueva historia, un nuevo paisaje y una nueva razón para pintar.

Entrar en el mundo de Shinzaburo Takeda es, de alguna manera, entrar en sus recuerdos. Mientras habla, aparecen Japón, pero también Oaxaca, los colores, los paisajes y el jardín de su casa, los caminos que ha recorrido y, sobre todo, una vida entera dedicada a mirar el mundo a través del arte.


Escucharlo fue también una oportunidad para descubrir al hombre detrás de la obra y entender qué hay en esa mirada que, después de tantos años, todavía sigue encontrando historias para pintar, sin dejar a un lado el pasado que lo hizo dejar su natal Seto, Japón.


Frente a mí estaba uno de los grandes maestros de la gráfica en México, pero también un hombre sencillo, de baja estatura, sonrisa amable y un español con ese entrañable acento oriental que acompañaba cada una de sus palabras. A sus 91 años, Shinzaburo Takeda conserva algo que quizá sea una de las mayores virtudes de un creador: la capacidad de seguir maravillándose.


Yo disfruto especialmente esos pequeños detalles que aparecen en una conversación cuando uno se permite mirar más allá del personaje. Una sonrisa y nos regaló muchas, una anécdota, una canción, escuché de su propia voz la Canción Mixteca “qué lejos estoy del suelo donde nací…”, su favorita y el brillo en los ojos cuando alguien habla de lo que ama. Son momentos que van formando ese particular archivo de vida que, con los años, uno guarda con cariño. Y la historia de Shinzaburo Takeda tiene mucho para guardar.


Él mismo se define como oaxaqueño-japonés, una identidad que parece resumir buena parte de su camino: nació en Japón, llegó a México en 1963 y encontró en Oaxaca una tierra donde echar raíces, crear, enseñar y vivir.


Nació en 1935, en Seto, Aichi, una provincia japonesa que recuerda desde la distancia de los años. Su infancia transcurrió en un Japón marcado por la pobreza y las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. No había abundancia de materiales ni siquiera un edificio escolar propio. Los alumnos cargaban sus mesas y sillas para poder tomar clases, nos cuenta.
Y en medio de aquella realidad apareció el dibujo.

Primero fue un lápiz, prácticamente lo único que tenía a su alcance. Después llegaron unas crayolas y unas acuarelas preparadas por su maestra de secundaria. Para aquel niño, descubrir el color fue casi un acontecimiento.

“En mi época apenas tenía doce colores, pero eso fue grandioso para mí”.
Doce colores fueron suficientes para abrirle un universo.
Con el tiempo estudió en la Universidad Nacional de Bellas Artes y Música de Tokio, pero su historia tenía otro destino. En 1963 llegó a México para estudiar muralismo con Armando Carmona y Luis Nishizawa en la Academia de San Carlos. Más adelante se acercó a la litografía y comenzó a construir una relación cada vez más profunda con el arte mexicano.
México lo conquistó rápidamente.
“Entré a México en 1963 y ya me sentía un nuevo mexicano”.
Me parece una de esas frases que dicen mucho más de lo que aparentan. Porque detrás de esas pocas palabras hay más de seis décadas de experiencias, amistades, aprendizajes y afectos.
Takeda trabajó en el Museo Nacional de las Culturas y convivió con algunos de los nombres fundamentales del arte mexicano. Recuerda con especial cariño a Raúl Anguiano, con quien compartió trabajo en un taller de litografía, y a Leo Acosta, con quien participó en los primeros momentos de la gráfica contemporánea.
Pero hay un momento fundamental en su historia: 1978, Oaxaca.
Ahí encontró una tierra que no solamente se convirtió en su hogar, sino también en una fuente permanente de inspiración. La naturaleza, las comunidades, las casas, los árboles y los paisajes comenzaron a formar parte de su universo creativo.
Se convirtió en profesor de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y acompañó a varias generaciones de artistas. Su legado llegó incluso a convertirse en nombre propio: la Bienal Nacional de Artes Gráficas Shinzaburo Takeda reconoce hoy su aportación a la creación y enseñanza de la gráfica.
Sin embargo, mientras habla de su trayectoria, tengo la sensación de que los reconocimientos no son lo que más le emociona.


Lo que realmente le cambia el rostro son los árboles.
Cuenta con entusiasmo que su casa en Oaxaca está rodeada de naturaleza y que alguna vez llegó a contar 44 árboles. Su deseo es llegar a tener 100 y justamente, dentro de su colección tiene un cuadro llamado “Mi Jardín” y sí, me confirmó que lo es realmente.
Siendo oriental, pensaría que es metódico en su ritual para comenzar una obra y no, pero si tiene una linda costumbre…
“Siempre, cuando empiezo a pintar en mi estudio, pongo mi pobre radiecito antiguo y escucho música de la costa. Me gusta mucho Chavela Vargas”.
Entonces aparece Canción mixteca, con esa nostalgia que habla de la tierra que queda lejos y de las raíces que uno lleva consigo.


Quizá ahí está otra de las claves de Takeda: nació lejos de México, pero terminó encontrando aquí una parte esencial de sí mismo.
Y ahora también mira hacia Quintana Roo con la curiosidad de quien todavía quiere descubrir.
Recuerda haber visitado Chetumal hace unos 50 años y haberse sorprendido con las construcciones mayas. También guarda imágenes de Tulum, Mérida e Isla Mujeres. Su regreso a esta tierra, ahora para presentar su obra en Cancún, despertó nuevamente esa mirada exploradora que parece no haberlo abandonado nunca.
Incluso confiesa que le gustaría tener una pequeña casa en Cancún.
“Quiero observar qué secretos tienen por acá y, si los encuentro, seguro confirmaré que es una belleza y tengo que pintarla”.
Me quedo pensando en esa frase. A sus 91 años todavía quiere descubrir secretos.
Todavía quiere mirar.
Todavía quiere pintar.
Y quizá esa sea una de las razones por las que su presencia resulta tan luminosa.
Cuando le pregunto qué significa el arte para él, no necesita pensarlo demasiado.
“Para mí, el arte es mi vida. Yo soy arte. No puedo pensar en otra cosita. El arte es mi medidor, mi base, mi pensamiento. El arte es todo”.
No habla como alguien que ha llegado al final de un camino. Habla como quien apenas está preparando el siguiente viaje.
“Despierto cada día para encontrar ese mundo maravilloso. No hay misión cumplida; cada día es una nueva aventura”.
Qué manera tan hermosa de mirar la vida.


A sus 91 años, Shinzaburo Takeda no parece interesado en hablar de una obra terminada, de una misión cumplida o de un punto final. Su propósito sigue siendo sencillo y enorme al mismo tiempo: seguir pintando.
El gran artista, el maestro reconocido, es tan transparente y sin poses que se acercó a quienes querían saludarlo, conversó, sonrió y se tomó fotografías sin esa distancia que muchas veces acompaña a las grandes figuras. Se dejó querer.
Y entre una historia de arte y otra apareció también el hombre que disfruta de los placeres sencillos.
Su comida favorita: chicharrón con salsita roja.


Lo dice con la misma naturalidad con la que habla de sus árboles, de Oaxaca o de sus primeros doce colores.
Cuando le pregunto cómo le gustaría ser recordado, la respuesta llega breve.
“Como un hombre oaxaqueño-japonés. Soy arte”.
Y entonces entiendo que quizá no hacía falta preguntarle mucho más.
La charla con Shinzaburo Takeda tuvo color, música, memoria y una enorme dosis de humanidad, cualidades que se perciben al mirar su arte, así que aprovechen a conocer su obra en las galerías de Núcleo Yaxil, toda la semana de 12:00 a 20 horas con entrada libre. ¡Les esperamos!