ALGODÓN DE AZÚCAR: EL GOLPE DE REALIDAD QUE CANCÚN DECIDIÓ MIRAR
Por Jossy Díaz / 25 de agosto 2026
Luego de conocer un poco de las entrañas de la obra Algodón de Azúcar, me intrigaba saber cómo la iba a recibir Cancún, no porque dudara de la calidad de una puesta en escena que llega después de seis temporadas con localidades agotadas en Ciudad de México y con reconocimientos en México y España, sino porque sabía que Gabriela Ochoa estaba trayendo al escenario una historia que no necesariamente resulta cómoda para todos.
Y Cancún respondió…
Más de mil personas acudieron a las tres funciones que Conejillos de Indias Teatro ofreció en el Teatro de la Ciudad. Las butacas se llenaron y el público se dejó llevar por una feria que, a primera vista, parecía invitarnos al juego, al color y a la fantasía, pero que poco a poco nos fue llevando hacia un lugar mucho más oscuro.
Ahí estuvo, para mí, una de las grandes virtudes de esta propuesta: la capacidad de seducirte visualmente mientras te confronta con una realidad que preferirías no mirar.

Hubo espectadores fascinados con la experiencia y hubo quienes se sintieron incómodos con el tema que aborda. Y eso también forma parte de lo que sucede cuando una obra toca fibras tan delicadas. Hay quienes prefieren mirar de frente y quienes, simplemente, necesitan apartar la mirada.
No lo digo como una crítica al espectador. Al contrario. Me parece profundamente humano y un objetivo cumplido del teatro como ente vivo.
Cuando hablamos de un abuso dentro de casa, cualquiera que sea su forma, muchas veces es más sencillo callar, hacer como que no vimos o pensar que es mejor no meternos. Invisibilizarlo puede parecer menos doloroso que enfrentar aquello que ocurre detrás de una puerta.
Y Algodón de Azúcar justamente nos coloca frente a eso.
Lo hace, además, de una manera que no esperaba encontrar tan poderosa: desde la belleza.
La feria abandonada, los payasos, las máscaras, el maquillaje, la iluminación y la escenografía construyen un universo visual fascinante. Pero debajo de todos esos elementos hay algo inquietante. Los personajes no son esos payasos simpáticos que asociamos con una fiesta infantil; tienen algo perturbador, incluso amenazante.
Gabriela Ochoa ha trabajado durante dos décadas con lenguajes oníricos y surrealistas, y en esta obra esos recursos adquieren una dimensión particularmente fuerte. La estética no está ahí simplemente para hacer bonita la escena. Cuenta la historia. La esconde y, al mismo tiempo, la revela.
Y mientras sucedía todo esto en el escenario, yo también observaba al público.

Eso es algo que disfruto mucho de ir al teatro: ver cómo una misma historia se transforma en cientos de experiencias distintas dependiendo de quién está sentado en la butaca.
Algunos quedaron atrapados por la propuesta visual y actoral. Otros salieron procesando la incomodidad que les produjo el tema. Y hubo quienes, después de verla, decidieron volver. Eso me parece quizá una de las mejores respuestas que puede recibir una obra: querer regresar a un lugar que todavía tiene algo que decirte.
Porque Algodón de Azúcar no es una obra que se agota cuando termina la función.
La música, la iluminación, el maquillaje, la escenografía y, por supuesto, el trabajo actoral se convierte en piezas de un mismo mecanismo. El equipo Algodón, integrado por Gabriela Ochoa, Alejandro Morales, Francisco Mena, Romina Coccio, Carolina Garibay, Miguel Romero, Félix Arroyo, Ángel Ancona, Paco Castañeda, Genaro Ochoa, Giselle Sandiel, Maricela Estrada, Azael Sáenz, Cristian Josafat, Felipe Lara, Paco Argumosa, Raúl Morquecho, Gilberto Soberanes, Cecille Zepol, Adriana Hohman e Iván Ontiveros, sostiene un universo complejo que exige presencia y entrega.

Y eso se nota…
Salí con la sensación de que Cancún necesitaba precisamente una propuesta así: una obra que no llegara únicamente a entretener, sino a sacudir.
También me parece importante reconocer que experiencias de esta dimensión puedan llegar a nuestra ciudad. Detrás de estas tres funciones estuvo el trabajo del Instituto de la Cultura y las Artes de Benito Juárez, encabezado por Carlos López Jiménez, que continúa abriendo espacio para propuestas escénicas que ya han encontrado reconocimiento fuera de Cancún y que ahora pueden encontrarse con nuestro público.
Eso también es construir una cartelera cultural…

No solamente traer espectáculos para llenar una sala, sino generar encuentros entre artistas y espectadores, poner temas sobre la mesa y permitir que Cancún tenga acceso a lenguajes teatrales distintos.
Algodón de Azúcar llegó con una apariencia dulce y terminó dejando un sabor mucho más complejo.
Me dejó pensando en esas cosas que como sociedad todavía nos cuesta mirar. En lo fácil que puede ser esconder aquello que incomoda detrás de una sonrisa, una fiesta, una casa aparentemente normal o una historia que preferimos no contar.
Quizá por eso la obra funciona tan bien, porque mientras nosotros estamos mirando la feria, la feria también nos está mirando a nosotros. Y después de ver lo que ocurre dentro de ella, ya no resulta tan sencillo fingir que no vimos.
¡Conejillos de Indias vuelvan pronto!
